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EXCESO DE POLÍTICA

  • garcesbjorge
  • hace 11 horas
  • 5 min de lectura


Jorge Garcés B.


 

Colombia ya no es un Estado fallido, pero cada vez tiene más territorios fallidos o territorios con el riesgo de balcanizarse. Mientras tanto, alias Timochenko dijo el otro día que extrañó al expresidente Iván Duque durante el gobierno de Gustavo Petro y, seguramente, extrañará al progresismo durante el cuatrienio de Abelardo de la Espriella.


Por otra parte, no se puede hacer oposición desde la desobediencia civil, porque uno no se puede oponer a lo que no reconoce. La política es para pensar y la política exterior, por ejemplo, debería cambiar la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores por un tanque de pensamiento para desideologizar o reducir el exceso de política en la agenda internacional de Colombia, y donde un puñado de expresidentes sólo se la pasan peleando como perros y gatos (propuesta de Sandra Borda).


Entre otras cosas, porque la geografía y la geopolítica volvieron a ser importantes debido a tres razones principalmente: la pelea por una dignidad mal entendida entre los soberanistas y el pragmatismo de los globalistas; el malestar entre jóvenes y adultos mayores por la prolongación de la vida, la reducción de la tasa de natalidad y la llegada de máquinas más inteligentes que nosotros; y, en consecuencia, por la pugna de un mundo controlado exclusivamente por Estados Unidos (EUA) o compartido con Rusia y China (multipolar).


De cualquier manera, es importante entender la contradicción en todo este entramado de cosas, porque los seres humanos somos contradictorios y en Colombia politizamos hasta un terremoto. Este país lleva, desde que tengo uso de razón, dizque tratando de salvar la democracia, pero seguimos confundiendo la democracia con el Frente Nacional. Es más, llevamos 200 años vendiendo materias primas, commodities y minerales sin ningún tipo de valor agregado, a pesar de las ventajas comparativas de nuestro clima, océanos y suelos, que, por ejemplo, nos permiten cultivar todos los meses del año.


Ahora bien, el Consenso de Washington no fue un consenso, sino la imposición de unas políticas económicas para América Latina, promovidas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Departamento del Tesoro de EUA; ignorando que los países de América Latina son todos muy distintos y que las regiones al interior de estos países también lo son; que Colombia en 1989, por ejemplo, era un Estado fallido y que prácticamente todas sus instituciones estaban permeadas por el narcotráfico; que se atacó la pobreza, pero se descuidó la desigualdad, y que la apertura económica debió ser gradual, porque después de 40 años la balanza comercial de Colombia sigue siendo deficitaria.

 

De hecho, todo lo anterior nos llevó a tener un crecimiento económico supremamente mediocre, aunque ayudó a controlar la inflación, mejoró la política fiscal del país y atrajo la inversión. Lo cierto es que unos se quebraron y otros se enriquecieron. Entre tanto, se garantizó el pago de la deuda externa y se introdujo seguridad jurídica o estabilidad macroeconómica para que el Estado de derecho pudiera enfrentar con mejores armas al Estado de bienestar, justo cuando estaba terminando la Guerra Fría.


Afortunadamente, el Consenso de Londres (2025) entendió que si el crecimiento económico de un país no mejora la calidad de vida de las personas, no sirve de nada; que cuando la política y la economía trabajan en llave, a eso se le llama gobernanza; que el Estado tiene que tener cierto tamaño para poder estar presente; que las instituciones deben pasar de la resistencia a la acción; que un país necesita crecer económicamente para distribuir y redistribuir el ingreso; que el capital político es para gastarlo en el capital social y humano, y que los servidores públicos deben superar los dogmas y el ego.

 

Bruce Mac Master (presidente de la Andi), en su podcast “Un Continente Posible”, expresó hace poco que a Colombia le sigue haciendo falta una política industrial sostenida. Es decir, más incentivos tributarios, programas de competitividad y una estrategia de desarrollo para los próximos treinta o cuarenta años, como la tuvieron los países de Asia Oriental, Brasil y, en menor medida, Chile. Los famosos Tigres Asiáticos son: Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong. Los nuevos tigres del sudeste asiático son: Malasia, Tailandia, Indonesia y, en un cuarto lugar, está Filipinas. No obstante, en Colombia hizo carrera la frase de que “la mejor política industrial es no tener ninguna”. Muy parecida a la frase: “el mejor negocio es no hacer ningún negocio”.


Menciono esto porque Colombia es un país rico en comparación a Taiwán o Japón, pero no hemos desarrollado en lo más mínimo nuestro verdadero potencial para producir más y extraer más al mismo tiempo, porque, mientras que Colombia exporta a EUA 14 mil millones de dólares al año, México exporta 600 mil millones de dólares. En otras palabras, México exporta alrededor de 50 veces más a EUA que nosotros. Por eso, hay que tener valor para darle valor a las cosas y hay que tener valor para entender que el mundo es movimiento, que el planeta vive en constante cambio y que con el más mínimo empujoncito las cosas se transforman.

 

Ahora bien, el nuevo embajador de EUA en Colombia ya nos advirtió que debemos escoger entre hacer negocios con ellos o con China. El embajador Nate Morris seguramente no sabía que China mostró interés por el puerto de Buenaventura mucho antes de construir el puerto peruano de Chancay, pero que el principal puerto marítimo de Colombia no estaba a la venta. Así que la idea de conectar comercialmente a Colombia con Asia a través de las autopistas del Océano Pacífico y desarrollar al Pacífico colombiano sigue siendo una utopía, aunque el presidente de la Espriella haya expresado la necesidad de un Plan Marshall para reconstruir el Chocó y para el desarrollo de la costa Pacífica desde la frontera con Panamá hasta la frontera con Ecuador.


Ahora bien, Jesús Martín Barbero y Hernando Gómez Buendía han sido muy claros en señalar que el narcotráfico fue lo que posicionó a Colombia en el mundo, porque antes de 1970 nosotros no existíamos. Por lo tanto, lo que tenemos que hacer ahora es cambiar de producto, generar valor y diversificarnos. Hay que cambiar el exilio por productos de exportación y que cada cerebro fugado regrese al país o nos ayude a abrir nuevos mercados sin politizar el comercio.


Es verdad que la cultura política nos ayuda a interpretar la realidad social, que las ideologías son historias sobre seres humanos, sobre el sentido social de la vida social y que emergen del lenguaje como mapas para enseñarnos una realidad social problemática (Clifford Geertz). En otras palabras, las ideologías son historias que construyen otras historias para ofrecer una manera determinada de organizar a la sociedad y tratar de resolver los problemas.


Así que no estamos ante “el fin de la historia” o de las ideologías, como lo planteaba Francis Fukuyama, sino ante la irrupción de un mundo de ideologías, aquellas que se nutren de los nuevos tiempos y del horizonte de los hombres para construir una realidad social que le dé continuidad a unas políticas públicas o, en su defecto, que las cambie. Por eso, el debate político debería ser programáticamente crítico. Nadie sabe cómo resolver el problema del poder, pero se pueden trabajar las relaciones de poder sin perdernos ideológicamente en significados vacíos. Ideología no es ciencia, no es un hecho, no es un dato ni un número, pero es signo, es símbolo y es una rica fuente de sentido para expresarnos sobre otras fuentes de sentido también.

 
 
 

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