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ESTADO DE EQUILIBRIO SOCIAL

  • garcesbjorge
  • hace 6 horas
  • 5 min de lectura


Jorge Garcés B.


 

 

Hay muchas maneras de desarrollar un país, pero primero hay que resolver las necesidades básicas de la población, alcanzar unos mínimos de violencia y reducir la brecha entre ricos y pobres (la desigualdad social). El segundo paso requiere de una acción colectiva, o la capacidad de los ciudadanos para ponerse de acuerdo sobre algunos asuntos comunes, para desarrollar el sentido de pertenencia y asegurar la coexistencia en la dinámica social de todos los días. Posteriormente, hay que desarrollar los estados de la esperanza, el optimismo y la certeza. En otras palabras, lo que he llamado el Estado de equilibrio social: donde las fuerzas del sistema no cambien con el tiempo, pero las relaciones de poder sí lo puedan hacer.


Dicho esto, los problemas de Colombia no se deben a la conquista, a nuestra genética o a la supuesta endemia geográfica del país, ni la violencia o la corrupción explican todos nuestros males. Todo lo contrario: los sobresimplifican y, más bien, explican otra cosa: nuestra hipocresía política y social, porque tenemos más política que Estado, y más discusiones jurídicas que políticas públicas, o más proyectos de ley que políticas de Estado.


Además, las políticas públicas necesitan de continuidad y entender que no todos los problemas tienen solución. Esto significa que algunos problemas hay que administrarlos y que las políticas públicas necesitan ajustes permanentes. Lo cierto es que muchos pensadores lo han señalado: Colombia es más geografía que historia, y las armas hacen parte de nuestro paisaje, de las selvas, las montañas y los ríos. Por si fuera poco, tenemos la disyuntiva económica de cañones vs. mantequilla más presente que nunca. Este es un concepto económico que consiste —o plantea— que los recursos del Estado son escasos, las necesidades de la población ilimitadas, y que los gobiernos deben escoger entre hacer énfasis en el gasto militar o en el gasto social.


Lo cierto es que las contradicciones sociales y la violencia anárquica que dejó el conflicto armado (discutible) son una combinación sumamente compleja de manejar. Por consiguiente, muchos se cuestionan de qué le ha servido a Colombia ser la democracia más antigua de la región. Por eso, es una tentación política para cualquier gobernante aprovecharse del microcosmos colombiano y arrebatarnos las libertades democráticas. Tal vez por eso dicen que no siempre lo más popular es lo más acertado, y que por eso existe el capital político: para que el funcionario elegido popularmente se lo gaste tomando decisiones difíciles.


Ahora bien, con la bonanza cafetera se construyó la clase media y buena parte de la infraestructura del país. Con la bonanza petrolera se instaló el Estado de bienestar, y con la bonanza cocalera se financió el conflicto armado. Con excepción de la bonanza cocalera, ninguna de las otras dos bonanzas nos insertaron competitivamente en la economía global. De pronto, los genios del Departamento de Planeación Nacional no supieron leer la geopolítica de un mundo cambiante, y que hoy está transformando la riqueza en tecnología, energía, cadenas de suministro y valor. El hecho es que, durante todos estos años, hemos subsidiado la pobreza en vez de crear nuevas riquezas para, por ejemplo, combatir las secuelas sociales y morales del narcotráfico, que destruyeron el tejido social e introdujeron el dinero fácil y la ley del más fuerte en la sociedad.


De tal manera que las alianzas público-privadas son fundamentales para el cambio social, pero no me refiero a cambiar una élite económica por una élite política o burocrática para que reproduzca la misma dinámica oligárquica, pero con un discurso popular e igualitario (el socialismo). Tampoco me refiero al Estado de bienestar, el que tiene a Europa sumida en una crisis profunda; ni al Estado “disciplinador” de algunos países de Asia, y que afecta el ingreso per cápita. Distorsiona o inventa el mercado. Ahuyenta la inversión. Aumenta el gasto público considerablemente y desestimula la innovación.

 

Rescato parcialmente al Estado como árbitro en Estados Unidos (EUA), que impulsa la acción colectiva y el individualismo a la misma vez; o que le brinda oportunidades al esfuerzo y premia al mérito, pero, lamentablemente, este modelo de Estado tiene hoy a la sociedad estadounidense dividida. Mientras tanto, en América Latina el Estado vive una confusión total y no sabe cuál debería ser su rol, qué puentes tender con la sociedad civil o cómo debería relacionarse con los ciudadanos.


Así que la historia del hombre y el desarrollo de los países está íntimamente ligado a la historia del Estado y a su desarrollo también. El problema es que el Estado está sufriendo una crisis en el mundo entero. Las organizaciones políticas y jurídicas que gobiernan a unas poblaciones determinadas dentro de unos territorios delimitados ya no saben cómo satisfacer las nuevas necesidades de los ciudadanos, ni las crecientes expectativas de la clase media. Unos Estados no saben cómo zanjar las rivalidades con otros Estados sin recurrir a la guerra y algunos Estados no saben cómo dejar de ser un territorio dependiente de otros Estados más fuertes.


Por ejemplo, el Estado colombiano piensa que tener Internet es tener un plan de datos en el celular. Mientras tanto, el mundo se divide entre quienes están desarrollando la tecnología, quienes la utilizan y quienes sólo tienen un plan de datos en el celular y que, por lo tanto, están fuera de la ecuación vital. Encima de todo, es inevitable que los creadores de la Inteligencia Artificial (IA) se vayan a quedar con casi toda la riqueza de la humanidad, aunque de nosotros dependerá quedarnos con la memoria, el tacto y el terruño, donde desarrollar la felicidad todavía es, afortunadamente, posible.


Desde Suramérica y África todavía se puede desarrollar otro tipo de bienestar, o insertar otro relato para darle un sentido planetario a nuestra existencia y para que funcione el mundo y no el caos. Un relato que no pretenda condicionar la vida, y una narrativa —o una estructura narrativa— con significados que nos resulten a todos familiares. Esto requiere de una nueva forma de hacer política, de una nueva economía, de una nueva ciudadanía y de un nuevo Estado que articule a las tres.


Cambiar de relato es cambiar de chip, y también es cambiar las supuestas características de nosotros los seres humanos y que nos definen o descalifican, porque somos más amorosos y solidarios que mezquinos y malvados. La teoría de un cambio hacia el equilibrio social tiene suficiente teoría detrás, aunque reconozco que a veces sufre de una mirada apocalíptica y apresurada de la situación ambiental del planeta. Entre otras cosas, porque la diferencia universal entre el progreso material y el progresismo no es mucha. Ambas son economías políticas contradictorias del sistema vs. el antisistema, y que se anulan mutuamente. Por eso, necesitamos desarrollar un Estado de equilibrio social, porque si la mayoría de los individuos, por ejemplo, pudimos dejar de fumar, también podríamos cambiar nuestro comportamiento planetario.


Dicen que la inteligencia también está en nuestra capacidad de adaptarnos al cambio. Hay que reinventar al liberalismo para derrotar al neoliberalismo, o necesitaremos encontrar tres planetas como la Tierra para seguir comportándonos igual. El punto es que estamos llegando al límite de la biología y necesitamos desarrollar un Estado de equilibrio social.

 
 
 

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