DOS SUEÑOS OCCIDENTALES QUE PODRÍAN DESVANECERSE
Jorge Garcés B.
Desde la agresión violenta que sufrió el Capitolio de los Estados Unidos en 2021, el juego democrático en ese país se ha vuelto particularmente problemático. Estados Unidos necesita reformar su sistema electoral cuanto antes y una parte importante de su población necesita dejar de tratar el cambio demográfico como una amenaza existencial. Entre otras cosas, porque para 2045, según las tendencias demográficas, los blancos no hispanos dejarán de ser la mayoría.
Si la actual dinámica de deslegitimación mutua y de polarización identitaria no se corrige, el periodo 2026-2045 podría abrir escenarios de una profunda inestabilidad institucional en Estados Unidos, incluyendo formas de violencia política organizada o intentos de alterar el orden constitucional por la fuerza o por vías extrademocráticas. No se trata de una predicción inevitable, sino un riesgo que crece cuando cada partido político deja de reconocer la legitimidad del otro.
Lo cierto es que Estados Unidos es cada vez más desigual. Según las cuentas distributivas de la Reserva Federal, entre principios de los años 90 y 2026 la participación del 1 % más rico pasó de alrededor del 23 % a más del 32 %, mientras que el grupo de los percentiles 50-90 (que concentra a buena parte de la clase media) redujo su participación. El crecimiento de la riqueza de los más ricos ha sido muy superior al del resto de la población. Por eso, algunos analistas están comenzando a comparar la desigualdad de Estados Unidos más con la de los países en desarrollo que con la de los países desarrollados.
Sin embargo, no es solo la economía lo que más preocupa, sino la identidad. Tanto la identidad republicana como la demócrata han contribuido a convertir al adversario en un enemigo interno, desviando la atención de problemas estructurales más profundos. En todo caso, republicanos y demócratas se ven mutuamente como una amenaza más inmediata que Rusia o China.
Esta lógica impide que los dos partidos lleguen a acuerdos o a consensos mínimos en el Congreso. Además, ensombrece el sistema electoral, porque solo legisla de forma efectiva el partido que logra las mayorías en ambas Cámaras. Cuando en una democracia bipartidista un partido niega sistemáticamente la legitimidad del otro, la violencia política deja de ser una hipótesis remota. Por eso, Estados Unidos necesita construir una democracia multipartidista, separar con mayor claridad la política de la religión y reducir la influencia de la religión en las aulas de clase.
Por otra parte, el proyecto europeo enfrenta múltiples crisis desde hace años y, desde el Brexit, la situación es peor. No sería apresurado pensar que a la Unión Europea le pueda ocurrir algo semejante a lo que le sucedió a la antigua Unión Soviética: una desintegración progresiva, ya sea por incapacidad de gestionar una guerra con Rusia o por la acumulación de tensiones internas.
Otro aspecto para tener en cuenta es que el Parlamento Europeo se ha convertido en un ente burocrático, lejano y anónimo, sin una política exterior común y con un déficit democrático considerable. A esto hay que sumarle una crisis económica, social, política, geopolítica, cultural, intelectual, moral y migratoria. La crisis que vive Europa es multidimensional. La identidad europea, además, es débil y ambigua, y choca constantemente con culturas diferentes y con fronteras que permiten la libre circulación de capitales, bienes, servicios y personas, pero que no son culturalmente afines.
El Estado-nación, o los intereses nacionales, están cada vez más por encima del pasaporte europeo y de la ciudadanía comunitaria. No fue fácil aprobar un paquete de rescate financiero para Portugal. Tampoco lo fue aprobar el plan de asistencia de 78 mil millones de euros ante la quiebra de los bancos griegos. En Grecia tampoco vieron con buenos ojos que los alemanes controlaran sus finanzas durante la crisis de la deuda soberana entre 2010 y 2015. Y la idea de repartir por cuotas a los migrantes provenientes de Oriente Próximo y del norte de África sigue generando divisiones profundas al interior de la comunidad.
En síntesis, la identidad en Europa llega hasta donde comienza o termina cada frontera. Por eso no se pudo crear una constitución para una Europa federal en 2004, a diferencia de lo que logró Estados Unidos en 1787. La Unión Europea es, en la práctica, una suma de 27 países que se desarrollan de manera heterogénea y a distintas velocidades. El Brexit no solo abrió una puerta de salida: dejó en evidencia que Europa puede fracturarse entre un centro próspero y una periferia en dificultades, con desigualdades estructurales, economías en declive, descontento social y crecientes desafíos en materia de seguridad, competitividad e integración. Estados Unidos y la Unión Europea (UE) representan dos sueños occidentales que podrían desvanecerse.




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