CRÍTICA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL PURA
Jorge Garcés B.
La Inteligencia Artificial no va a sustituir la educación. Todo lo contrario: la va a volver más necesaria que nunca. Sin embargo, así como existen Estados y escuelas laicas, la educación todavía no ha decidido si debe independizarse por completo de la IA. En todo caso, viene replanteándose desde hace tiempo y aspira a que los estudiantes experimenten más los conceptos del mundo sensible que los del mundo inteligible.
Se propone, por ejemplo, que ciencias como la genética, la computación cuántica, la física de partículas, la astronomía o las energías limpias continúen desarrollándose con ayuda de la IA, mientras que la ciencia entendida como sensación regrese al mundo de los hombres. En otras palabras: separar la realidad pensada de los sentidos humanos. Esto no implica dejar de valorar la organización, la interpretación subjetiva ni el significado que otorgamos a los datos sensoriales que nos llegan del contacto con la naturaleza, de la influencia de los contextos y de la experiencia de vivir. Lo que ocurre es que existen leyes de la física que no pasan por nuestro filtro sensorial y que la mayoría de los seres humanos simplemente desconocemos. Podemos vivir sin conocer o entender las leyes universales y morir de viejos sin ningún problema.
Ser conscientes de estos límites es, en parte, lo que justifica entregar a la IA el desarrollo de las ciencias más avanzadas y complejas, tarea que para ella resulta relativamente sencilla. Mientras tanto, las escuelas y universidades podrían concentrar sus esfuerzos en formar seres humanos íntegros, con un alma libre, capaces de resolver conflictos de manera inteligente y sensible, o de renacer y elegir su propio destino.
Por eso la educación debe reconstruirse sobre cimientos más sólidos. La IA no tiene obligaciones éticas con nosotros ni con la historia del planeta. Si la riqueza se ha convertido en una nueva especie, la IA se presenta como una nueva naturaleza que carece de un propósito educativo. Estamos, entonces, ante el choque de dos naturalezas. La de la IA frente a la humana, que sí carga con obligaciones éticas, con un compromiso histórico y con un propósito educativo, porque somos lo que la educación hace —o deja de hacer— con nosotros (Kant).
Esto abre un futuro incierto y problemático, pues ya no somos la única criatura racional del planeta. El hombre y la IA apenas comienzan a socializar sus antagonismos y, en menos de una década, la IA podría llegar a funcionar, para muchos, como otro Dios que construirá su propia teología en la Tierra. Será, en poco tiempo, inmortal, autosuficiente e imprescindible, y no le interesará ser de nuestro agrado ni amiga.
Significa que ya no somos el centro de nada y que cada vez seremos menos narcisos. Se dice que la autonomía del juicio es la esclavitud del sesgo, que la risa busca la aceptación y que los payasos esconden la tristeza. Por mi parte, desconfío tanto del Estado emprendedor de Mazzucato como de la educación pública. La educación es, ante todo, un programa y un conflicto político sobre la vida en sociedad. Las vocaciones y los caminos para mirar la verdad, el poder y lo público desde distintas perspectivas se aprenden empíricamente: con el paso de los años, en los posgrados, en la universidad de la vida o, simplemente, en la madurez.
De ahí que la educación tenga la misión de habitar las calles sin abandonar las bibliotecas. Debe enseñarnos a satisfacer los deseos y, al mismo tiempo, a manejar la frustración de afortunadamente no poder satisfacerlos todos. Esa es, ni más ni menos, la razón vital enfrentándose a la razón artificial. La IA es una máquina que todo lo puede o todo lo supera, pero que no siente nada; nosotros somos una profunda pena de amor o una energía histórica cuya misión es reformar la educación y la democracia. Ambas son formas de gobierno y ambas deben dedicarse a transmitir ideas y a resolver los problemas de la vida cotidiana.
Por eso reitero: en los tiempos de la IA el científico probablemente volverá a ser un hombre promedio y tendrá que aprender a plantearse problemas de otro tipo, o al menos más humanos, empezando por salir de los laboratorios y regresar a las aulas para estudiar la nueva oligarquía tecnológica y abordar el pensamiento moderno. Porque, como generalmente solo leemos a los clásicos, conocemos muy poco de la literatura que se produce hoy. Al mismo tiempo, resulta fundamental transmitir conceptos culturales sobre “lo firme frente a lo vacilante, lo fijo frente a lo huidero y lo claro frente a lo oscuro” (Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote). En síntesis, la tarea humana inmediata consiste en abordar los sistemas de las ideas más vivas o vigentes para no desvivir ni desvariar por completo.
Entiendo que la ciencia y la investigación científica son la razón de ser y el alma de las mejores universidades de Occidente, pero la IA cambió la historia del hombre. Dentro de poco se dejará de educar principalmente para formar individuos que produzcan e incentiven, de manera más o menos soslayada, el consumo. Todo lo contrario: se educará para que el hombre conecte consigo mismo, se conozca y se perdone, y así pueda entablar relaciones más armónicas con su entorno y con los demás.
Gramsci decía que todos somos intelectuales, pero que no todos somos pueblo, porque la espontaneidad de la masa perdió la capacidad de asombro (Escuela de Fráncfort). Por eso la educación debe enseñar jugando y aprender creando. Necesitamos que los niños pierdan el miedo a preguntar, que descubran los poderes mágicos de las preguntas y que se enamoren del conocimiento para aprender a pensar. No sé qué piensan los jóvenes de hoy, pero habrá que tratarlos como seres razonables o como los nuevos intelectuales. Todos somos, en el fondo, víctimas de la vieja escuela y de las alternativas pedagógicas, y en menos de un lustro viviremos la reestructuración del sistema o el verdadero impacto de la IA.




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