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LA BATALLA FINAL

garcesbjorge
hace 4 horas
4 min de lectura


Jorge Garcés B.


 

Las batallas culturales siempre les pertenecieron a los artistas. Pero desde mediados del siglo XX y, sobre todo, a partir de los años noventa —tras la caída del Muro de Berlín y la consolidación de la revolución digital—, unas sociedades comenzaron a conectarse y otras a chocar. A esto se le llamó globalización. Primero produjo el choque de culturas o de civilizaciones y, luego, desató el enfrentamiento entre globalistas cosmopolitas y soberanistas patriotas.


El hecho es que, hasta el día de hoy, los soberanistas defienden a muerte la heterogeneidad de sus naciones y los globalistas buscan homogenizarlo todo. Entre tanto, algunos plantean que la izquierda y la derecha también fueron desplazadas de la batalla cultural, pero otros consideran lo contrario.


Lo que nadie dice es que, en 1990, Fidel Castro y Lula da Silva fundaron el Foro de São Paulo (FSP) para reorganizar los movimientos de izquierda en Iberoamérica, dado que habían quedado muy debilitados tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética. Las guerrillas de las FARC y del ELN hicieron parte de esta grisácea pugna continental entre el socialismo democrático versus la democracia liberal, y el socialismo autoritario versus el neoliberalismo.


En todo caso, se trató de una poderosa ingeniería social, pero también de una ingeniería marxista-leninista. Se aprovechó de la hegemonía que tenía la izquierda en la cultura y en las instituciones educativas para manipular a los jóvenes o al hombre-masa, diluyéndose en la multitud (concepto de Ortega y Gasset).


No me refiero al enfoque de género ni a otros enfoques complementarios, sino a la amenaza de construir naciones sin diálogo, donde se suprima el pluralismo político y la democracia multipartidista, o donde se carezca de la conciencia de lo posible, porque solo se tiene conciencia de lo que no se tiene. Este es un mundo de circunstancias, pero también de posibilidades vitales, y no debería tener dimensiones predeterminadas o destinos políticamente fatales.


Porque el carácter —el primer juramento que hacemos al nacer— puede venir dentro de un alma colectiva o individualista, pero siempre viene con un sentido histórico de la vida y del proceso existencial del hombre; o con una estructura biográfica que nos permite transformarnos o reinventarnos para soportar el peso de la masa y las presiones ideológicas.


Así que vivir no siempre está afuera o más allá, porque a veces está dentro, muy adentro, y reorganizando las cosas. Sin embargo, vivir requiere literalmente del verbo hacer para construir el futuro, escapar de la masa que borra la identidad individual, ser conscientes de estar vivos, valorar la diversidad y sentir que hacemos parte de una familia, grupo o comunidad. Ahora bien, la libertad comienza cuando nos sentimos perdidos, y no cuando la familia, el grupo o la comunidad tratan de ordenar nuestro caos.


Por lo tanto, en la democracia no se debería hablar de clases sociales, sino de clases de personas, donde impere la humanidad por encima de la fabricación ideológica de las batallas culturales. Hace 36 años creímos haber derrotado al marxismo, leninismo, bolchevismo y maoísmo, pero nació el Foro de São Paulo y, en 2009, esta coalición de partidos y grupos políticos de izquierda en América Latina y el Caribe puso 14 jefes de Estado. Para no hablar de gobernadores, alcaldes y legisladores.


También creó y controló organismos multilaterales como el ALBA (creada en 2004 como alternativa del ALCA), la UNASUR, la CELAC, Petrocaribe y el Banco del Sur. Fueron iniciativas para que Venezuela regalara petróleo a cambio de comprar lealtades en el Caribe y para construir una arquitectura financiera alternativa a los Estados Unidos en la región, de la mano de China y mediante el concepto geopolítico y socioeconómico del Sur Global.


Luego vino el declive. Hasta el día de hoy, el desencanto del electorado y el voto castigo están dejando por fuera al Foro de São Paulo de una época donde la Inteligencia Artificial (IA) promete transformar la economía, el trabajo y la sociedad a escala planetaria, tal cual como en su momento lo hizo la Revolución Industrial. Lo cierto es que Venezuela está bajo el tutelaje estadounidense. Cuba está tambaleando y Nicaragua atraviesa una profunda decadencia en su estructura de poder. Así que es muy probable que, junto a Brasil, Suramérica termine girando completamente hacia la derecha o la centroderecha en el futuro inmediato.


No obstante, me parece una estrategia política equivocada combatir el populismo de izquierda con el populismo de derecha, porque podría terminar siendo contraproducente. Además, la mayoría de los intelectuales y pensadores son de izquierda o centroizquierda. La izquierda sigue teniendo las banderas del cambio y la crítica al statu quo. Por otra parte, la derecha mantiene las banderas de la tradición, las instituciones y de la religión católica, a pesar del crecimiento evangélico, el aumento de la irreligión y la separación del Estado y las iglesias o confesiones religiosas en el continente.


En consecuencia, creería que, en términos generales, la izquierda ha sido más prolífica en la producción de pensamiento crítico y de nuevos paradigmas, mientras que la derecha ha tendido a privilegiar la defensa del orden, la propiedad y las instituciones. Esto no implica superioridad moral ni intelectual de ninguna de las dos; simplemente refleja tradiciones y prioridades distintas. Afortunadamente, la naturaleza del poder es cambiar de manos.


Así que el problema no son las ideologías, sino los extremos que deslegitiman a las ideologías. Por ejemplo, la nueva derecha viene proponiendo una Segunda Guerra Fría. Sin embargo, su debilidad argumentativa ignora que se puede defender la familia, la patria y la herencia cristiana sin ser unos cavernícolas de la soberanía y el aislamiento cultural. Entre otras cosas, la derecha es tan legítima como la izquierda, porque ambas ideologías tienen alma, pueblo y suficientes razones para tener vocación de poder.


Lo cierto es que el Estado-nación está cada vez más débil y, en los próximos años, tres Estados-globales (Estados Unidos, Rusia y China) se van a repartir los mares, el espacio y la tierra. De tal manera que se aproxima una Segunda Guerra Fría, pero proxy, donde ninguno de los tres imperios se enfrentará de manera directa para mantener la estabilidad estratégica y evitar la destrucción del planeta.

 
 
 

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