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DEFENDIENDO LA DEMOCRACIA

Jorge Garcés B.


Vengo viendo con preocupación cómo desde el alto Gobierno se responsabiliza de todo lo malo al empresariado del país y así no se consolida una nación, ni se relata de manera constructiva sus esfuerzos. En otras palabras, darle garrote discursivamente a la empresa privada y zanahoria a los actores armados es un contrasentido.


Alberto Lleras decía que, “no se puede inventar una nación nueva, como si no tuviera cimientos y ruinas y como si los padres no hubieran existido, sufrido y trabajado por ella”. Vaya mensaje para los que todavía sueñan con refundar la patria desde los extremos y debilitar la democracia en vez de ayudar a depurar sus imperfecciones.


Ahora bien, es cierto que la corrupción está desbordada; que el narcotráfico trastocó los valores; que la singularidad de nuestra clase política deja mucho que desear y que la justicia en Colombia es selectiva, mediática y que se encuentra politizada. Sin embargo, miremos de dónde venimos, porque hace menos de 30 años Colombia era un Estado fallido. Éramos un país completamente aislado e inmerso en una violencia política sin fin. Algunos incluso nos llamaban “el Tíbet de América Latina”.


Por eso negar los avances en expectativas de vida, salud, educación, consumo e infraestructura entre muchos otros ítems, sería juzgar lo que no se conoce. Así que debemos continuar fortaleciendo las instituciones y legitimando a las autoridades, para luego sí abordar el conflicto social dialécticamente. Porque Colombia es un país rico, sólo que no ha desarrollado su riqueza. También es cierto que todavía no somos lo suficientemente competitivos, porque la informalidad no sólo es laboral, también es empresarial. Y, por si fuera poco, importamos lo que podemos producir y no producimos lo que podemos exportar.


De cualquier modo, en Colombia no tumbamos presidentes, pero nos tumbamos entre nosotros mismos. Dicho de otra forma, los mandatarios se gastan el capital político y los ciudadanos el capital social. No obstante, Alberto Lleras consideraba que la libertad y la esperanza eran dos de las características que mejor definían al país.


Y si bien es cierto que cada nación tiene su propia historia o marcos de referencia, la Constitución de 1991 es envidiable, aunque no cobije a todos los colombianos por igual. Dicen que sin jueces la ley es de papel. Por eso lo jueces deben ser hombres y mujeres de Estado para llenar los vacíos de ley.


De tal manera que, somos un Estado unitario, a pesar de la diversidad de nuestras dificultades y contamos con una cultura política, jurídica y militar que no abraza fácilmente a quienes prometen el cielo sin entender la naturaleza democrática del Leviatán neogranadino.


Además, la Colombia “anónima”, es decir, la inmensa mayoría de los ciudadanos no roban, ni son violentos y se la pasan trabajando y resolviendo problemas todos los santos días. Y así se construyen las naciones, trabajando y resolviendo problemas de sol a sol. Por eso necesitamos más relatos sobre la rutina y menos análisis sobre los antagonismos de la guerra. Necesitamos más narrativas cercanas, pero pensantes sobre cómo es eso de vivir en libertad defendiendo la democracia sin saberlo.

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