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  • Foto del escritorJorge B

DE GRECIA A LA VIRTUALIDAD


Jorge Garcés B.

 

 

La opinión pública, a pesar de ser “la opinión de los que no tienen opinión” y la principal víctima del poder dominante, debería ser la consciencia democrática de cualquier Estado nación. En otras palabras, la opinión pública debería poder desafiar a la fuerza cuando no es legítima y a la razón cuando se torna decadente.

 

Uno de los principales problemas que enfrenta la opinión pública es que carece de espacios físicos donde se pueda desarrollar y expresar libremente. Tal vez por eso a algunos extranjeros les causa gracia que los colombianos hablemos mucho o no paremos de hablar.

 

Otro escollo que sabotea permanentemente a la opinión pública es que se encuentra muy mal representada. Por un lado, tiene a la clase política y por el otro lado, a los medios de comunicación masiva. Dicho de otro modo, la opinión pública está entre “los aparatos ideológicos del sistema” y un “aparato de leyes,” que manda mal, prohíbe mal y sanciona mal.

 

Según Jacques Derrida, la opinión pública es hoy el resultado de un juicio y no de un saber. Y esto explica, en parte, la crisis de la democracia representativa y el éxito de la “mass media”, porque mientras se concentra el poder político y económico, se adormece a las personas frente a un televisor o con un celular.

 

Entonces, la opinión pública no se expresa por sí sola. Repite lo que dicen los falsos generadores de opinión, dejando de ser verdaderamente libre y de pensar por sí misma. Por eso la aparente libertad de opinión todavía está por inventarse, porque una de las argucias contemporáneas consiste en despolitizar a los ciudadanos y convertirlos en ventrílocuos, pero sin humor o mucho menos talento.

 

Es una lógica perversa, que privatiza “la mirada social” y la convierte en el privilegio de unos pocos anglosajones de clase media o de una clase media ilustrada; donde las narraciones, los hechos y las imágenes que se producen y reproducen, en realidad no corresponden a un progreso democrático, sino a la ficción de poderosos intereses particulares.

 

En resumidas cuentas, la opinión pública o “publicada” carece de espacios físicos para que los ciudadanos puedan ser conscientes de su realidad fáctica y de ser partícipes de los desenlaces democráticos en las sociedades donde viven.

 

Afortunadamente, el espacio virtual es mucho más amplio y, aunque desde Internet las realidades son otras, por esta misma razón la transversalidad y la hermenéutica podrían llegar más lejos; para, por ejemplo, configurar un nuevo compromiso ético-político, que convierta a la opinión pública en un contrapeso más organizado, propositivo y pensante. Es decir, en eso que llamamos abstracta y ligeramente como sociedad civil.

 

Para finalizar, Internet es una “red informática mundial, descentralizada, formada por la conexión directa entre computadoras y mediante un protocolo especial de comunicación.” De tal manera que, si vamos de la conceptualización a la praxis, el futuro de la opinión pública y del mundo democrático dependerá en buena medida del trabajo que realicen los seres humanos con la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías en la red.


Posdata:


Ver video sobre esta reflexión en mi canal de Youtube.

 

DOCUMENTO DE REFERENCIA Y/O CONSULTA:

 

DERRIDA, JACQUES. “El otro cabo. La democracia, para otro día”. Ediciones del Serbal. Barcelona, 1992.

 

LANZA LLAMAS:

 

La Mechita anda mal. Lamento que no se le haya dado continuidad al proyecto de Lucas González en América de Cali. Es verdad que ese equipo carecía de equilibrio, especialmente atrás, pero tenía algo; tenía cierta mística y hasta tenía a todos los comentaristas del país, con excepción del odioso de Carlos Antonio Vélez, hablando de un estilo de juego propositivo y valiente. Hoy, con el venezolano Farías, la Mechita se le ve apagada, confundida; y con una cantidad de jugadores que fueron contratados para que nos divirtieran, ganaran estrellas y jugaran bonito, pero estos muchachos parecen atados de pies y manos, con las alas cortadas, sin “la pasión de un pueblo” y con el escudo marchito.

 

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