PIEZA DE CONVERSACIÓN
- Jorge B
- 25 jul
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Jorge Garcés B.
Somos, nos conocemos y luego nos organizamos. Pensamos la acción. Cuestionamos el contexto histórico. Universalizamos al individuo nuevo, envuelto en novedad o novedoso e interpretamos para transformar; porque el poder está en la utopía y el futuro está más allá del capital, del tiempo y de las nuevas tecnologías. Por eso, hay que territorializar las historias, extrapolar el pensamiento y experimentar los saberes más raros y disruptivos de la existencia.
Todo lo anterior debería servir para convertirnos en unos buenos compañeros de viaje, para peregrinar, resistir o ausentarnos y para observar el paisaje de las armas, politizando bestias, duendes e intelectuales sesgados por toda Colombia. Me refiero a la otredad, pero no como obstáculo o enemigo sino como trayecto y compañía, porque la libertad también está en él o en ella, en la angustia que produce vivir y en servirle a los otros, pero sin dejar de ser libres.
Estas palabras son para los desobedientes y para quienes están dispuestos a empujar los cauces de la historia sin cortarle la cabeza a los reyes. No obstante, para superar el capitalismo, primero hay que superar a Marx y para superar la modernidad, primero hay que superar la hacienda y hay que renacer celularmente o reinventarse como un glóbulo rojo. Entre otras cosas, porque la existencia es un moridero, pero todos tenemos un compromiso con la vida y ese compromiso consiste en dudar o en cuestionar las verdades que se consideran absolutas.
La verdad no existe, pero une, divide y genera todo tipo de conflictos. Y la razón prefiere ser dueña de la verdad, antes que mirarse al espejo. La verdad es un acuerdo temporal y un acuerdo en pleno desarrollo. Es más, los seres humanos nos equivocamos, porque pensamos. De lo contrario, no habría equivocación y tampoco seríamos conscientes de que pensamos.
En otras palabras, la verdad no existe si no la piensa el sujeto y el sujeto piensa para sus fines biológicos, existenciales o para trascender como un hombre sabio que no necesita demostrar que ha vivido. Pero en la verdad también está el individuo que no puede ser más que vida y cultura o que no puede ser más que vida, acción y comunicación.
Mejor dicho, somos lo contrario de lo que sería una vida espontánea o natural y somos la suma de un sinnúmero de valoraciones con las que tratamos de organizar el mundo en el que vivimos. En realidad son dos las sombras existenciales que nos acompañan a lo largo del camino. El valor (intrínseco) y los valores (extrínsecos) para calificar o descalificar lo valioso y lo invaluable.
Entre tanto, sigue siendo un imperativo desobjetar al pensamiento para vivir más y filosofar menos, porque la vida es para ser vivida y para valorar los valores vitales durante nuestra permanencia en la Tierra (mea culpa). Lo contrario explicaría la desorientación vital de quienes no saben cuáles estrellas mirar, en cuál Dios creer o en qué dirección caminar, porque los seres humanos hemos cambiado la manera de observar, la forma de creer y los mapas distorsionan el mundo.
Por ejemplo, miramos al pasado, porque los telescopios no sirven para mirar el futuro, pero creemos y confiamos religiosamente en el mañana, porque la historia y la memoria son reconstrucciones inexactas y, porque la ilusión o la esperanza de lo que vendrá pesa más que lo vivido. Y en cuanto a los mapas, agranda las regiones del norte y reduce los tamaños de África y América Latina, entre otras imprecisiones.
Por último, no estoy seguro si la histórica semireligiosidad del arte explica en algo la tendencia moral del arte contemporáneo. Sin embargo, el goce artístico pareciera ser distinto hoy en día, porque el arte debe superar al artista y al suicidio estético también. De lo contrario, fracasaría o perdería su gracia, tanto la pieza de arte como el creador.
Mientras tanto, la razón sigue tratando de saciar lo insaciable, porque sólo puede afirmar o criticar, dado que es lo único que nos permite hacer el lenguaje. En cambio, el arte sí sabe abrazar el alma y sanar las tristezas más profundas del hombre y también sabe derrumbar paredes o paradigmas, aunque no siempre pueda explicar con palabras la religiosidad de su experiencia artística.



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