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LA PAZ ESTÁ MÁS EMBOLATADA QUE NUNCA

Jorge Garcés B.



Se cumplieron siete años desde que se pactó la paz entre el Estado de Colombia y la guerrilla de las Farc. Un acuerdo que genera curiosidad y admiración en el mundo entero, pero que produce una profunda división al interior del país. Es cierto que preocupa la lentitud que ha tenido la implementación del acuerdo, pero todavía queda un margen de ocho años para que el Estado cumpla con su palabra. La lentitud para materializar el acuerdo en parte se ha debido, porque Duque se hizo el bobo durante cuatro años y Petro quiere hacer las cosas a la brava.


Mientras tanto, más de 400 firmantes de paz han sido asesinados y los índices de secuestro y masacres están nuevamente por las nubes. Uno podría decir que prácticamente todo lo correspondiente a “la guerra y la paz” está en su punto más crítico, desde que se estrecharon la mano Timochenko y el expresidente Santos en el Teatro Colón.


Cada vez son más frecuentes las asonadas contra el ejército. Un frente del ELN acaba de decretar un nuevo paro armado en cinco municipios del departamento del Chocó. El jefe del ELN, Antonio García, advirtió que si el Estado no financia a sus frentes de guerra no habrá un cese al fuego. Y la respuesta del ministro de Defensa es que se encuentra “reubicando a las tropas”.


Estoy por pensar que Iván Velásquez sigue en el cargo, porque su principal tarea es proteger al primer mandatario de un golpe de Estado y no a los colombianos de una dictadura. Lo cierto es que los “señores de la guerra” no están respondiendo como deberían ante la generosa voluntad de paz del presidente Petro.


Pero volviendo al acuerdo del Teatro Colón, además, de voluntad política, la paz requiere de hechos palpables, tangibles y medibles. De lo contrario, lo firmado con las Farc tan sólo será el proceso de paz número diez y el Estado de Colombia perdería toda su credibilidad ante la comunidad internacional y futuros procesos de paz “nacerían muertos”, como bien lo advirtió el expresidente Santos.


La paz pactada con las Farc requiere “hacer planes de desarrollo con enfoque territorial” (PDET). En otras palabras, pacificar, transformar y desarrollar territorios urbanos y rurales, donde la violencia, la pobreza, las economías ilícitas y la ausencia estatal convergen. Dicho de otra manera, “enfoque territorial” significa presencia integral del Estado en los territorios urbanos y rurales del país, donde existe la tormenta perfecta.


Por eso es tan importante que hablemos de paz y que eduquemos para la paz, pero con hambre y sin desembolsar los recursos que hoy se encuentran inexplicablemente retenidos en Bogotá, 170 municipios o 17 macro territorios del país continuarán sin ninguna esperanza de vivir.


El otro día Humberto de la Calle dijo algo muy cierto. “La paz no necesita de plebiscitos que nos dividan más”, pero requiere de seguridad, cero impunidad y justicia social para que la paz se refrende sola. Una aproximación más pragmática argumentaría que simplemente se requiere alcanzar unos mínimos de violencia y unos máximos de justicia, pero una justicia que se apoye sobre los pilares de la verdad, la reparación y la no repetición, a cambio del clásico paradigma punitivo.


En todo caso, siete años después del acuerdo de paz el balance no es para festejos, pero tampoco es para que desconozcamos algunos de sus aciertos y naturales bondades. No suelo acudir a cifras, porque prefiero las letras o las hormiguitas de las que hace mención la escritora Irene Vallejo; pero el 95 por ciento de los firmantes de paz han cumplido con el acuerdo y el 80 por ciento de ellos tienen su propio negocio o emprendimiento.


Por eso estoy convencido que la Colombia de hoy es mejor que la del 2016, porque las Farc ya no existen, aunque este gobierno haya cometido el error de otorgarle estatus político a la gente de Iván Mordisco. No obstante, para que la violencia no tenga futuro en Colombia, la implementación de los acuerdos requiere de una previa reconciliación en los territorios.


Colombia es un país grande y geográficamente un paraíso difícil de conectar. Cuenta con una historia política compleja y es culturalmente diverso. Es una nación rica, pero su riqueza y verdadero potencial todavía no ha sido desarrollado. Por estos cinco ítems Colombia no es un país fácil de gobernar.


Menciono lo anterior, porque he llegado a la conclusión de que entre un Estado grande y un Estado eficiente no debería de haber contradicción. Lo que tenemos es un paradigma, un falso dilema y una disyuntiva ideológica que debemos de superar, porque Colombia necesita un Estado lo suficientemente grande para que pueda ser lo suficientemente eficiente.


Ahora bien, la salida de Danilo Rueda estaba cantada. Una persona no puede liderar ocho mesas de paz sin una Ley de sometimiento o un marco jurídico que ofrecerles a las organizaciones criminales con las que está conversando y esperar resultados positivos. Algunos analistas manifiestan que la única explicación para todo esto es que el presidente Petro esté considerando la posibilidad de otorgarle estatus político a raimundo y todo el mundo con tal de alcanzar la “Paz Total”.


De cualquier modo, ha quedado demostrado que la zanahoria sin garrote no funciona. Que la codicia no responde positivamente a los estímulos de la generosidad política de turno. Que fue un error otorgarle reconocimiento político al Estado Mayor Central y que la paz está más embolatada que nunca.


LANZA LLAMAS:


Tuve una gripa terrible y por eso no pude escribir la reflexión de la semana pasada, pero ya estoy otra vez de pie, listo para filosofar e interpretar a Colombia.

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