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INTERCULTURALIDAD, GLOBALIZACIÓN, POLÍTICAS PÚBLICAS Y DDHH

Actualizado: 29 ago 2023

Jorge Garcés B.


La interculturalidad cuestiona a los Derechos Humanos, porque no los considera verdades o valores éticos indiscutibles. A pesar de esto, la interculturalidad puede ser un punto de partida y de llegada al mundo de los Derechos Humanos y ya veremos por qué.


Entre otras cosas, porque cuando existen varias o diversas culturas al interior de una sociedad, se hace necesario un ordenamiento jurídico y una perspectiva multidisciplinar para plantear o replantear políticas públicas. Sin embargo, la interculturalidad puede verse afectada por la globalización, dado de que se trata de una fuerza incluso superior a los Estados modernos.


La interculturalidad es en sí una relación entre culturas diferentes, que comparten un espacio social determinado y donde la diferencia cultural es respetada. Sin olvidar que la interculturalidad también ayuda a visibilizar la evolución de todos los grupos culturales y humanos, mediante la interacción y la interrelación. De tal manera que, la interculturalidad es una especie de puente para contrastar puntos de vista, superar conflictos, reconocer diferencias y encontrar valores comunes.


Sin embargo, la soberanía estatal se encuentra amenazada y su declive se debe a la ausencia de instrumentos para satisfacer las nuevas demandas sociales y su incapacidad para contener el poder y los intereses de las grandes corporaciones. Para ello se recomienda que la comunidad internacional fomente la universalidad y se oponga a la uniformidad de cosas en sus respectivos países.


Esto significa que los Estados están perdiendo su poder decisorio frente a poderes hegemónicos y homogenizantes y que la diversidad cultural está siendo amenazada por un modelo de desarrollo etnocentrista y una definición de calidad de vida paradigmática. Debido a lo anterior, está naciendo una resistencia cultural, que propone como alternativa una globalización desde abajo; planteando, por ejemplo, algunas de las siguientes disyuntivas: negación vs diversidad; diversidad vs legitimación; el derecho a la diferencia vs el derecho a la igualdad; tradición vs modernidad y homogeneidad vs diversidad.


En otras palabras, estamos viviendo una crisis de culturas, es decir, una crisis de valores, porque las culturas están revestidas de valor; mientras nos preguntamos ¿y los Estados para qué? ¿Acaso los seres humanos no somos su razón de ser?


También se hace importante advertir que ni el liberalismo, la individualidad, el pragmatismo o el comunitarismo igualitario son la solución. Más bien, deberíamos apostarle al pluralismo cultural y su vínculo con la democracia y una sociedad diversa; para construir sobre lo construido o a partir de lo construido (deconstrucción) y comenzar a escribir una tradición diversa, donde el contenido jurídico de los Derechos Humanos sea el instrumento para alcanzar el equilibrio entre la diferencia y la igualdad, entre lo plural y lo universal.


El problema consiste en que los Derechos Humanos son una construcción moral e ideológica de Occidente. Por lo tanto, no es posible imponerlos desde fuera, porque la moral no es lo mismo que la ética, la moral cambia de cultura en cultura y la ética es una sola. Ahora bien, como todos somos seres humanos, algunos asuntos comunes debemos de tener y para ello está la hermenéutica de las culturas. Una herramienta para que mediante múltiples interpretaciones y unidades de análisis se promueva un diálogo intercultural sobre los Derechos Humanos. Teniendo en cuenta, claro está, que el cierre total de una cultura no permitiría el diálogo intercultural y que una apertura total podría terminar en una nueva e indeseable conquista cultural.


En tal sentido, las políticas públicas de hoy en países como Colombia deben apostarle a la coexistencia de diferentes culturas y tradiciones; deben gestionar la diversidad de identidades, que es en sí otra forma de cultura y vincular los criterios de redistribución y reconocimiento. La idea debe ser repensar cómo somos y cómo se organiza la sociedad de hoy, pero sin que la diversidad se convierta en otro elemento de poder.


Por último, para que los movimientos sociales participen en la construcción del Estado y de la nación intercultural, es clave entender que ninguna expresión de la diversidad está sola y ninguna persona puede separarse de su cultura, aunque cambie de cultura. De tal modo que, la invitación es la de ir hacia la construcción de identidades; hacia un diálogo intercultural; hacia una concepción mestiza de los Derechos Humanos y hacia la labor de hacer políticas de Derechos Humanos, en lugar de políticas con Derechos Humanos.





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